Mientras la Amazonía se acerca a un umbral ecológico crítico, especialistas advierten que la deforestación, la degradación del bosque y la pérdida de biodiversidad podrían alterar de forma irreversible uno de los ecosistemas más importantes del planeta.
El futuro de la Amazonía podría parecerse más al de una sabana seca que al del bosque húmedo más biodiverso del planeta. Esa es una de las advertencias que plantea un estudio publicado en la revista Nature por investigadores del Potsdam Institute for Climate Impact Research, que alerta sobre los efectos acumulados de la deforestación, el cambio de uso del suelo y actividades como la minería ilegal.
Para los especialistas, el llamado “punto de no retorno” ya dejó de ser una hipótesis lejana y se ha convertido en un indicador clave para evaluar la salud del ecosistema amazónico y la capacidad que tendrá de mantenerse funcional en las próximas décadas.
El director país de WWF Perú, Kurt Holle, explica que este umbral se alcanzaría cuando la deforestación y la degradación combinadas superen entre el 20 % y el 25 % de los bosques de la cuenca amazónica, de acuerdo con estimaciones del Panel Científico por la Amazonía.
“Actualmente, cerca del 18 % de la Amazonía ya ha sido deforestada y otro 17 % presenta una degradación severa, lo que significa que alrededor del 26 % del bioma amazónico se encuentra en un estado de perturbación avanzada”, declara.
Pese a este escenario, Holle sostiene que aún existe margen de acción. Según el Panel Científico por la Amazonía, cerca del 50 % de la cuenca amazónica permanece en buen estado de conservación gracias al aporte de las áreas naturales protegidas, la gestión territorial, el liderazgo de los pueblos indígenas y distintas iniciativas privadas y voluntarias de conservación.
En el caso peruano, Luis Enrique Saavedra, experto sénior en biodiversidad, restauración ecológica y gestión forestal, considera que uno de los avances más importantes ha sido el fortalecimiento de las áreas protegidas. Señala que el país se encuentra entre los pocos que lograron superar el umbral del 15 % de territorio protegido planteado en las Metas de Aichi.
“En el escenario de la última evaluación realizada en Montreal, estamos cerca de alcanzar el 20 % del territorio protegido”, complementa.
Sin embargo, indica que estos avances podrían resultar insuficientes si fuera de esos espacios continúa el deterioro de los ecosistemas. Los autores del estudio del Potsdam Institute recuerdan que la Amazonía no solo almacena carbono y alberga una biodiversidad excepcional, sino que además genera una parte importante de su propia lluvia. Ese equilibrio podría alterarse si las tasas de deforestación continúan creciendo.
Vulnerabilidad silenciosa
La presión sobre el bosque amazónico tiene consecuencias que van más allá de la pérdida de cobertura vegetal. También compromete la supervivencia de especies y reduce la diversidad genética que sostiene el funcionamiento del ecosistema.
De acuerdo con Global Forest Watch, entre 2002 y 2025 el Perú perdió cerca de 3 millones de hectáreas de bosque primario húmedo, una superficie que representa el 66 % de toda la pérdida de cobertura arbórea registrada en el mismo periodo.
Para Saavedra, una de las mayores preocupaciones es que gran parte de esta pérdida ocurre sobre bosques tropicales con altos niveles de biodiversidad y donde muchas especies existen en poblaciones reducidas.
“Por ejemplo, en una hectárea pueden existir 100 especies de árboles, pero quizá solo entre 4 y 10 especies conforman el 80 % o 90 % de todos los árboles presentes. Las otras 90 especies existen, pero en cantidades muy bajas. Por eso, cuando ocurre una tala o una quema, esas especies menos abundantes pueden desaparecer localmente con mucha facilidad”, explica.
El impacto no solo se observa en la flora. Algo similar ocurre con las aves. El Perú puede albergar cerca de1900 especies, pero eso no significa que todas tengan poblaciones equivalentes ni que ocupen el territorio de manera uniforme.
En la práctica, unas pocas especies concentran gran cantidad de individuos, mientras muchas otras sobreviven en áreas reducidas o con poblaciones pequeñas. En ese contexto, la pérdida de bosque puede afectar de forma desproporcionada a las especies menos abundantes.
El resultado no es únicamente una reducción del número de especies presentes. También disminuye la diversidad genética del ecosistema, entendida como el conjunto de características biológicas que permite a especies y bosques adaptarse, recuperarse y responder frente a cambios ambientales.
Para Saavedra, restaurar ecosistemas ya no puede entenderse como sembrar árboles de manera aislada. “Restaurar implica recuperar funciones ecológicas, conectividad entre ecosistemas y capacidad de adaptación frente a escenarios climáticos cada vez más inciertos”, sostiene.
En paralelo, el suroeste de la cuenca amazónica —que incluye sectores de la Amazonía peruana y boliviana— aparece hoy como una de las zonas más vulnerables y cercanas a alcanzar un punto de inflexión ecológico, manifiesta Kurt Holle. Frente a este escenario, la tecnología comienza a ocupar un rol central.
“Las tecnologías de monitoreo satelital y la inteligencia artificial se han convertido en herramientas fundamentales para identificar alertas tempranas y fortalecer la respuesta frente a actividades ilegales como la tala y la minería”, afirma.
El trabajo con comunidades indígenas también aparece como un componente estratégico. Desde WWF señalan que impulsan procesos de capacitación con organizaciones indígenas para fortalecer la vigilancia territorial, el monitoreo forestal, la economía indígena y la gestión pública.
“En colaboración con SERFOR, se viene implementando Forest Foresight, una plataforma que utiliza inteligencia artificial para predecir riesgos de deforestación ilegal con hasta seis meses de anticipación, facilitando acciones preventivas y una toma de decisiones más oportuna para la protección de los bosques amazónicos”, detalla Kurt Holle.
Conservación con incentivos
Las Áreas Naturales Protegidas (ANP) continúan siendo una de las principales herramientas para evitar que la Amazonía cruce el punto de no retorno.
Holle destaca que estos espacios funcionan como barreras frente a la deforestación, limitan el avance de actividades ilegales y reducen la expansión desordenada de la frontera agrícola.
“Además, protegen cuencas, mantienen los ciclos de lluvia y almacenan grandes cantidades de carbono, contribuyendo a la estabilidad climática y a la conservación de la biodiversidad. Para que este rol se mantenga en el tiempo, es indispensable garantizar la permanencia de las ANP mediante una gestión efectiva y sostenibilidad financiera de largo plazo”, remarca.
Sin embargo, conservar también requiere generar oportunidades económicas para quienes viven en el bosque.
Desde SERFOR indican que el programa “Bosques Productivos Soste nibles busca” fortalecer mecanismos de incentivos forestales, seguridad jurídica y capacidades locales para que comunidades nativas y otros usuarios del bosque desarrollen actividades sostenibles.
“Mediante ‘Incentivos Forestales Bosques’ se cofinancian hasta con S/ 1.25 millones modelos de negocio sostenibles vinculados al aprovechamiento responsable de los recursos del bosque. Más de 70 000 hectáreas pertenecientes a 14 comunidades nativas de Junín, Loreto y Ucayali cuentan hoy con permisos de aprovechamiento de madera, frutos de aguaje y aceite de copaiba”, señalan.
La meta es que conservar el bosque no implique renunciar al desarrollo económico, sino convertir la gestión sostenible en una fuente de ingresos y bienestar. Desde la institución también destacan el trabajo conjunto con actores privados, cooperantes internacionales y entidades financieras para promover inversiones y ampliar el acceso a mercados vinculados al sector forestal.
El valor económico de mantener el bosque en pie
En ese contexto, el mercado de carbono aparece como una herramienta que busca asignar valor económico a la conservación forestal. Bajo este mecanismo, proyectos, comunidades o empresas pueden generar créditos de carbono cuando demuestran que evitaron emisiones mediante la protección o restauración de bosques.
Desde SERFOR indican que trabajan en una nueva propuesta de Política Forestal Nacional y de Fauna Silvestre al 2040 que incorpora principios de resiliencia y acción climática para fortalecer la integridad y sostenibilidad de estos mecanismos.
“Según un estudio de la Universidad del Pacífico con Profonanpe, de los 26 Proyectos de Carbono Forestal en ejecución en el país, ocho se realizan en concesiones, cuatro en comunidades campesinas, tres en comunidades nativas, tres en áreas naturales protegidas y tres en tierras privadas”, comentan.
Las políticas públicas también forman parte del esfuerzo para reducir la pérdida de biodiversidad. Saavedra destaca la existencia de la Estrategia Nacional de Diversidad Biológica al 2050, una hoja de ruta que busca frenar la degradación de ecosistemas y promover un uso sostenible de los recursos naturales. Pero insiste en que el reto ya no pasa por acumular diagnósticos ni compromisos.
En un escenario marcado por cambios políticos y crecientes presiones económicas sobre el territorio, el especialista considera que el desafío está en traducir planes y metas en resultados concretos. Mantener el bosque en pie ya no es solo una meta ambiental, sino una condición para conservar especies, sostener funciones ecológicas y evitar que la Amazonía cruce un umbral del que podría no regresar.
“Necesitamos que la protección de la biodiversidad no solo sea el discurso bonito de muchos políticos o simplemente una nueva tendencia”, concluye Luis Enrique Saavedra.
